El sol azul

"Por qué se viaja a vela? Porque ir en barco no es solamente un modo para zambullirse en la naturaleza, para conocerse a si mismo, los propios horizontes y los propios límites, sino sobre todo para vivir en otra dimensión, por tantos motivos distintos de aquellos que se viven cada día en tierra firme.

El ir por mar – y en el mar no hay certezas – implica una filosofía de viaje muy particular: es incómodo, requiere habilidad, un cierto esfuerzo físico, resistencia a la fatiga, sangre fría; en fin, puede ser riesgoso. Pero restituye el sentido de la aventura en una manera antigua, donde el tiempo, el transcurso del tiempo, no obstante el auxilio de las nuevas tecnologías para establecer la posición o medir las distancias, no cambió sustancialmente respecto al pasado.

Una isla a la que se llega en avión es una isla como tantas otras; una a la que se llega por mar al finalizar una travesía, pequeña o larga, se transforma en un lugar encantado. El viaje – no importa donde se va, lo que importa es ir – enciende las emociones y libera la fantasía, entre deseos y añoranzas, nostalgias y esperanzas.

Con sus jornadas de calma serena o bien de pleno sol en un cielo sereno, de brisa o de viento fuerte, de borrasca o tempestad, el viaje a vela es una alegoría de la vida, la vida misma" − Piero Ottone, Pequeña Filosofía de un Gran Amor: la Vela, 2001.